Hace unos días escribí «ayer me había convertido en asesino». Sin acordarme de la promesa.
Matar el tiempo es una frase que nadie escucha ya. La usé dos veces con siete años de
diferencia: una para prometerla y otra para descubrir que la había cumplido.
Los junté y encontré cosas que no puse.
En el poema viejo no hay un solo pasado que sea mío. Mataré, haré, besaré, lloraré: todo
futuro. Los dos únicos pretéritos son del tiempo, no míos — lo que me dio, lo que me quitó. El
pasado le pertenecía a él.
En el nuevo no hay un solo futuro. Ni uno. Y aparece tres veces la misma palabra: ayer, ayer,
ayer.
En siete años se invirtió quién es dueño de qué.
Los dos terminan admitiendo lo mismo por caminos opuestos. El de 2019 pide: párame el tiempo,
cariño mío.
Alguien más tiene que hacerlo.
El de ahora deduce, desarmando un electrodo vienen de dos, es dos los versos.
Con un solo polo no pasa corriente.
Uno lo sabe porque está
enamorado y solo; el otro lo demuestra con física.
Yo había leído el poema viejo como si la torre alta fuera un mirador. Alguien me hizo ver que
me equivoqué, y con razón: en el video de Feel Good Inc. la torre no es un privilegio, es un
encierro.
El tipo canta ahí adentro mirando por la ventana una isla flotante a la que no puede
subirse.
La altura no era ventaja.
Era la primera cárcel que escribí, cuatro años antes de escribir «prisión corpórea».
Uno romántico y uno eléctrico. El primero ve los colores desde la altura, el otro le habla con cordura a su madre.
Español, inglés y portugués.
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