LA VIDA ES AMOR
En 1960 salió de Cuba a cantar a México y nunca la dejaron volver.
En 1962 se murió su mamá y no le permitieron entrar ni al entierro. Pasó el resto de su vida en el exilio y murió sin regresar.
Grabó La vida es un carnaval en Nueva York, casi cuarenta años después de haberse ido, cuando ya tenía más de setenta.
Por eso la canción funciona y una versión alegre de otra persona no habría funcionado igual. La cantó alguien que sabía exactamente lo que estaba diciendo. Cuando ella dice que no hay que llorar, no lo dice desde afuera del llanto.
Casi todas las fotos de Celia la muestran riéndose. Debajo de esa risa hay una mujer a la que no le dejaron despedirse de su madre.
La canción ya no es de nadie de los que la hicieron.
La escribió un argentino judío pensando en una víctima de un atentado.
La cantó una cubana negra que no podía volver a su país. Se grabó en Nueva York, se arregló en un estudio, ganó premios, entró a la lista de las 500 mejores canciones de la historia.
Y nada de eso es lo que la mantiene viva.
La mantienen viva las señoras que la ponen mientras cocinan. Las que barren con ella puesta. Las que la cantan en un puesto de mercado, en una cocina de comedor, en un turno de noche.
Mujeres que trabajan y que mientras trabajan cantan, que es exactamente de donde salió Celia.
Una canción sobre no rendirse, escrita para una viuda, cantada por una exiliada, y heredada por las que se levantan temprano.
Ese es el carnaval. No es la fiesta: es la decisión de cantar mientras se trabaja.
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